El Hidalgo
La verdad es que los libros vuelven loco. Es cosa cierta y harto sabida que sólo un loco, un extravagante, en fin, en terminología posmoderna, un friki es quien escribe libros con, al menos, algo de chicha. Y no es menos cierto que aquel inocente lector, ignorante de lo que tiene entre las manos, puede, sin comerlo ni beberlo, verse transmutado en su más profunda esencia por el mismo espíritu excéntrico de aquel escritor. Y, una vez consumada la transmutación, al igual que D. Quijote, nace una criatura nueva, elevada en las altiplanicies de la locura heroica, de los más elevados ideales de la cultura hispánica y cristiana, de los que nuestra brava sangre se nutre: de la arrebatada defensa de la ortodoxia, la Religión y todo lo santo, de la lucha contra la enfermiza decadencia actual, las herejías y las modernas filosofías; contra el hinchado porte del caballerete liberal y ateo, y contra la pseudociencia del iluminado progre orientalista.
Y así como el antiguo hidalgo -hoy recluido a las oscuras y olvidadas habitaciones de museo- vivía para desfacer entuertos y proteger la Ley y la Justicia, el actual hidalgo, habiendo sido excluido de tan noble trabajo por las Fuerzas de la Ley y el Orden -vamos, por el poder coercitivo del Estado Moderno, que es terrible herejía y mal donde los haya- ha quedado relegado únicamente -todavía- a su otra habitual afición, que era la pluma mordaz desde donde defendía todo lo que hubiese que defender. Así pues, para alegría del personal y desdicha de los demás, el Hidalgo que les habla -tanto por sangre como por voluntad, que no por aptitudes para ello- se dispone a comenzar su cruzada personal por todo aquello por lo que es digno perder el nombre y la vida: la Verdad, la Justicia, la Belleza, el Honor y la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén, Amén.




